LA EVOLUCIÓN Y
NUESTRO EGO
La evolución nos ha dotado de un operativo conjunto de elementos que nos caracteriza. Uno de ellos es nuestro sistema cognitivo que, entre otras cosas, nos permite determinar que somos sobre la faz de la Tierra, la especie sapiente con más capacidad pensativa.
Pensar y poder deducir, nos ha llevado a nuestro somero conocimiento actual sobre nosotros y las cosas que nos rodean. El presente estadio de nuestro proceso evolutivo parece habernos distanciado del universo, en el que al parecer estamos inmersos o más propiamente dicho contenidos.
Nos encontramos en una etapa de nuestra existencia, en la que podemos percibir con cierta claridad, que partiendo de la más ancestral, infortunada y oscura de ella, vamos comprendiendo y procurando razonada exposición a la percepción sensorial de las manifestaciones de la naturaleza.
Limitándonos al conocimiento actual de la evolución de nuestro planeta a través de las ciencias actuales, podemos apreciar cómo se han ido dando explicaciones coherentes a hechos que parecían misteriosos, y que algunos individuos explicaban en términos esotéricos, alegando que habían sido elegidos para ser los guías de su velado saber y demandantes de su inexcusable cumplimiento.
De esta forma, ejercían una clase de poder sobre el resto de sus semejantes, que les permitía controlar y supeditar su voluntad, amenazando con la caída de algún sobrenatural e incorpóreo mal a los que les obedecían, o castigando con otros de carácter más terrenal, ya que los celestiales no sobrevenían por su voluntad, a los que osaban desviarse del camino marcado.
A veces son sutiles los procedimientos evolutivos de los que se vale la naturaleza para seleccionar a los más dotados.
Solo algunos de los librepensadores, que han intentado sacar a la humanidad de su disparatado pasado, han podido sobrevivir a su irracional persecución y exterminio.
Estos han sido relativamente muy pocos, pero suficientes para comenzar a invertir el estático estado en el que pretendían mantener a la humanidad, aquellos que utilizaban poderes ocultos.
Para que todas las complejas creencias, que mantienen un determinado estatus sigan siendo válidas, es imprescindible que el progreso de la humanidad se detenga, solo así se podrán mantener incuestionables los planteamientos doctrinales, de aquellos iluminados que administran sus verdades.
En el momento actual de la humanidad, se advierten diversos niveles culturales, que procuran diferentes estatus sociales y civiles, a los individuos que los componen, formando una especie de mundial teatro viviente, en el que cada grupo representa los periodos del pasado de los que están más avanzados, y estos a su vez el futuro de los que están más atrasados.
No parece que la espiritualidad de cada individuo, sea un condicionante del nivel cultural de la sociedad en el que se encuentra, pero sí se puede establecer una correlación estadística, entre el nivel cultural medio de un grupo de población, y el poder de control sobre sus conciencias que los iluminados pueden ejercer.
Mediante este poder se influye directamente sobre su libertad y sus estatus sociales y civiles, imponiendo de la forma más poderosa conocida, los parámetros de conducta que los fanatiza, y que en ocasiones pueden convenir a otros poderes fácticos.
Los individuos dependemos en lo más profundo de nuestra existencia, de la innata condición humana con la que la naturaleza nos ha dotado, llegando algunos a preguntarse, por ejemplo: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, como si fuéramos exclusivos viandantes de un privativo, particularísimo y excelso camino.
Estas dudas existenciales, racionalmente acordes con nuestra entidad como individuos, no parecen tener contestación alguna, y solamente aproximándonos a nuestra naturaleza cósmica, tal vez, podamos entrever una posible explicación.
Quizás la pregunta sea impropia en su enunciado, y no vengamos ni vayamos, sino que simplemente ‘estemos’.
Nos manifestamos sobre nosotros mismos, cuando nos dirigimos a nuestro entorno, como ‘quienes’, y sobre todo lo demás como ‘que’.
Este semántico distanciamiento, entre el individuo y su posible existencia cósmica, factiblemente emanado de la creencia de nuestra exclusiva capacidad cognitiva, nos conduce a otra pregunta que nos hacemos sobre nuestra propia naturaleza: ¿’quiénes’ somos?
Como si nosotros y el resto del universo fueran dos entidades en todos sus órdenes, totalmente distintas y excluyentes.
No parece que podamos indicar con acierto, si lo que nos mueve a esta inquietante pregunta y la forma en que nos la hacemos, es debido a una involuntaria autoexclúyete tendencia, o a una vital necesidad.
En cualquier caso, también podría tratarse de una pregunta parciamente impropia, que podríamos articular en términos ligeramente diferentes, tales como: ¿’qué’ somos?
Este podría ser el interrogante de una duda más próxima a nuestra naturaleza.
Pagamos un precio por la no contestación de nuestras dudas existenciales, pero tal vez el verdadero problema no esté en no encontrar respuestas, sino en una viciada enunciación de las preguntas, fruto de la creencia de un innato o infundido supere status como especie humana.
En ellas prevalece la omnipresente predicación por algunos, a lo largo de la historia, de nuestra exclusiva preeminencia como especie ‘elegida’, falseando nuestra ubicación cósmica.
Si nos preguntáramos ¿qué somos?, y no ¿quiénes somos?, y si además pudiéramos acercarnos un poco más a tomar conciencia, de que ‘no somos’ sino que ‘estamos’, podríamos hacer un reajuste importante de nuestro ego, que nos permita conocernos con más profundidad.
Es posible, que si estamos en el universo, seamos solamente y nada menos que eso, universo.
Pensar y poder deducir, nos ha llevado a nuestro somero conocimiento actual sobre nosotros y las cosas que nos rodean. El presente estadio de nuestro proceso evolutivo parece habernos distanciado del universo, en el que al parecer estamos inmersos o más propiamente dicho contenidos.
Nos encontramos en una etapa de nuestra existencia, en la que podemos percibir con cierta claridad, que partiendo de la más ancestral, infortunada y oscura de ella, vamos comprendiendo y procurando razonada exposición a la percepción sensorial de las manifestaciones de la naturaleza.
Limitándonos al conocimiento actual de la evolución de nuestro planeta a través de las ciencias actuales, podemos apreciar cómo se han ido dando explicaciones coherentes a hechos que parecían misteriosos, y que algunos individuos explicaban en términos esotéricos, alegando que habían sido elegidos para ser los guías de su velado saber y demandantes de su inexcusable cumplimiento.
De esta forma, ejercían una clase de poder sobre el resto de sus semejantes, que les permitía controlar y supeditar su voluntad, amenazando con la caída de algún sobrenatural e incorpóreo mal a los que les obedecían, o castigando con otros de carácter más terrenal, ya que los celestiales no sobrevenían por su voluntad, a los que osaban desviarse del camino marcado.
A veces son sutiles los procedimientos evolutivos de los que se vale la naturaleza para seleccionar a los más dotados.
Solo algunos de los librepensadores, que han intentado sacar a la humanidad de su disparatado pasado, han podido sobrevivir a su irracional persecución y exterminio.
Estos han sido relativamente muy pocos, pero suficientes para comenzar a invertir el estático estado en el que pretendían mantener a la humanidad, aquellos que utilizaban poderes ocultos.
Para que todas las complejas creencias, que mantienen un determinado estatus sigan siendo válidas, es imprescindible que el progreso de la humanidad se detenga, solo así se podrán mantener incuestionables los planteamientos doctrinales, de aquellos iluminados que administran sus verdades.
En el momento actual de la humanidad, se advierten diversos niveles culturales, que procuran diferentes estatus sociales y civiles, a los individuos que los componen, formando una especie de mundial teatro viviente, en el que cada grupo representa los periodos del pasado de los que están más avanzados, y estos a su vez el futuro de los que están más atrasados.
No parece que la espiritualidad de cada individuo, sea un condicionante del nivel cultural de la sociedad en el que se encuentra, pero sí se puede establecer una correlación estadística, entre el nivel cultural medio de un grupo de población, y el poder de control sobre sus conciencias que los iluminados pueden ejercer.
Mediante este poder se influye directamente sobre su libertad y sus estatus sociales y civiles, imponiendo de la forma más poderosa conocida, los parámetros de conducta que los fanatiza, y que en ocasiones pueden convenir a otros poderes fácticos.
Los individuos dependemos en lo más profundo de nuestra existencia, de la innata condición humana con la que la naturaleza nos ha dotado, llegando algunos a preguntarse, por ejemplo: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, como si fuéramos exclusivos viandantes de un privativo, particularísimo y excelso camino.
Estas dudas existenciales, racionalmente acordes con nuestra entidad como individuos, no parecen tener contestación alguna, y solamente aproximándonos a nuestra naturaleza cósmica, tal vez, podamos entrever una posible explicación.
Quizás la pregunta sea impropia en su enunciado, y no vengamos ni vayamos, sino que simplemente ‘estemos’.
Nos manifestamos sobre nosotros mismos, cuando nos dirigimos a nuestro entorno, como ‘quienes’, y sobre todo lo demás como ‘que’.
Este semántico distanciamiento, entre el individuo y su posible existencia cósmica, factiblemente emanado de la creencia de nuestra exclusiva capacidad cognitiva, nos conduce a otra pregunta que nos hacemos sobre nuestra propia naturaleza: ¿’quiénes’ somos?
Como si nosotros y el resto del universo fueran dos entidades en todos sus órdenes, totalmente distintas y excluyentes.
No parece que podamos indicar con acierto, si lo que nos mueve a esta inquietante pregunta y la forma en que nos la hacemos, es debido a una involuntaria autoexclúyete tendencia, o a una vital necesidad.
En cualquier caso, también podría tratarse de una pregunta parciamente impropia, que podríamos articular en términos ligeramente diferentes, tales como: ¿’qué’ somos?
Este podría ser el interrogante de una duda más próxima a nuestra naturaleza.
Pagamos un precio por la no contestación de nuestras dudas existenciales, pero tal vez el verdadero problema no esté en no encontrar respuestas, sino en una viciada enunciación de las preguntas, fruto de la creencia de un innato o infundido supere status como especie humana.
En ellas prevalece la omnipresente predicación por algunos, a lo largo de la historia, de nuestra exclusiva preeminencia como especie ‘elegida’, falseando nuestra ubicación cósmica.
Si nos preguntáramos ¿qué somos?, y no ¿quiénes somos?, y si además pudiéramos acercarnos un poco más a tomar conciencia, de que ‘no somos’ sino que ‘estamos’, podríamos hacer un reajuste importante de nuestro ego, que nos permita conocernos con más profundidad.
Es posible, que si estamos en el universo, seamos solamente y nada menos que eso, universo.