NO NOS CONOCEMOS
La mayor parte de muestro esfuerzo mental lo destinamos a las cosas más superficiales y banales. Cuando tenemos que enfrentar alguna situación que afecta a nuestro entorno o a nosotros mismos, en muchos casos, lo hacemos erróneamente.
Sí, cometemos errores, pero no lo hacemos de cualquier forma sino que por falta de conocimiento, convertimos en la mejor solución aquello que más nos conviene, y lo sorprendente es que a veces somos tan extraordinariamente humanos que ni aún así acertamos.
A nivel individual esta actitud no es muy perjudicial, aunque ante terceros no es siempre intranscendente. Si es preocupante la facilidad con que la humanidad en su conjunto, como si se tratara de una entidad única, comete errores.
Puede que sea un unificado reflejo de sus individuos, también puede ser la consecuencia de la residual presencia ancestral de nuestros aspectos más primarios o quizás puede que sea un conglomerado de situaciones más o menos abstractas, o una mezcla de todo ello.
Sin embargo yo destacaría, sin desechar los motivos anteriormente expuestos y otros que no vislumbro, el desajuste que hay entre el impetuoso, y no sé si mal llamado progreso (en cualquier caso movilidad: conservacionismo y/o progreso), y la controvertida asimilación de este por parte de la humanidad.
Todavía hoy podemos introducirnos en recónditos lugares de nuestro planeta, y encontrarnos con tribus de individuos primitivos a los que aun no ha llegado el progreso. Los llamamos salvajes, pero sin ánimo de elevar su común condición humana con el resto de los fugaces mortales, creo que están en conexión con su entorno natural. Llevan viviendo muchos miles de años, en él, de él y para él, en fin, en conexión con él, sin grandes desigualdades entre sus individuos ya que de ser así no sobrevivirían.
Sin embargo, los civilizados hemos alcanzado tales cotas de especializados conocimientos, que no todos logramos adaptarnos y seguir su paso, y esta situación divide a la humanidad, la clasifica y la ordena. No es que sea necesario que todos seamos iguales, todo lo contrario, la diversidad enriquece, pero hay matices en dicha clasificación y ordenación que son perturbadores.
El progreso ha ido creando una determinada organización y acomodación de la humanidad, a la vez que ha forzado al individuo a adaptarse a ella o perecer, aunque solo sea, en los casos menos trágicos, perdiendo su dignidad.
La forzada adaptación no es medioambiental, no es biológica, no es un proceso evolutivo fruto del imprevisible comportamiento de la naturaleza o de nuestro entorno próximo. Se trata más bien de una casi global, forzada y rapidísima adecuación al progreso, que crea bruscas y cambiantes situaciones que destruyen civilizaciones completas e incluso imperios.
El desarrollo de las ideas nos lleva rápidamente (algún que otro siglo), a nivel de nuestro tiempo existencial como especie, hacia determinadas y encorsetadas civilizaciones. Estos estatus sociales, nos permite individualmente percibir nuestro entorno y poner en funcionamiento actitudes mentales de evaluación del mismo.
Con que facilidad observamos y juzgamos a los demás, y cuantos condicionantes, vitales o instintivos, y a veces útilmente artificiosos, mediamos para vernos a nosotros mismos.
La complejidad que articula a la especie humana, y por tanto a sus individuos, con su entorno y entre ellos mismos es tan magna y a la vez tan sutil, que no nos permite, ni de lejos, asumir en nosotros la existencia de otros.
Esta sería la forma de obtener el máximo conocimiento de nuestros semejantes, poniendo nuestra mente en su piel o más acertadamente, poniendo nuestros materiales cuerpos en su vida. No lo conseguiremos, pero si pudiéramos hacerlo nos faltaría lo más difícil, salvar la barrera egocéntrica que nos sume en la justificación de nuestros injustificables.
Somos incapaces de conocernos, está en nuestra naturaleza, por consiguiente somos aún más incapaces de conocer a los demás, y esto no está banalmente reñido con nuestra indolencia para emitir juicios ligeros y triviales sobre otro individuo o como yo estoy haciendo con estas palabras, sobre toda la humanidad.
A fin de cuentas tenemos, o hablando solo de mí; tengo tantos defectos que mi voluntad no permite que me conozca, aunque mi naturaleza cognitiva y racional se empeñe en hacerle la contraria.