fbaleman
SOMOS NUMEROSOS PERO ESTAMOS SOLOS
La humanidad se soporta sobre la acumulación de nuestras numerosas pero breves existencias individuales. Somos numerosos porque desde nuestra más remota génesis hace millones de años, nos acompaña la potente y vital perpetuación de la especie. La brevedad de nuestra mundana existencia se asienta en la pertenencia prácticamente infinita, solo interrumpida por un breve tic, de toda la materia y energía de nuestros humanos cuerpos, al universo.
La brevedad de nuestra terrenal existencia unida al humano desconocimiento o la no aceptación de las realidades cósmicas, nos arrastra a la soledad, y esta nos conduce a buscar más allá. Buscamos, y si no lo encontramos lo creamos o alguien lo crea por nosotros, algo que nos de protección, que nos tutele y preserve.
La brevedad de nuestra terrenal existencia unida al humano desconocimiento o la no aceptación de las realidades cósmicas, nos arrastra a la soledad, y esta nos conduce a buscar más allá. Buscamos, y si no lo encontramos lo creamos o alguien lo crea por nosotros, algo que nos de protección, que nos tutele y preserve.
Estamos dispuestos a entregar lo más preciado que tenemos como individuos, nuestra capacidad de pensar libremente, a cambio de la promesa de la perpetuación de nuestra inmaterial y no comprobable existencia.
La experiencia nos demuestra continuamente que nuestra estructura material no podemos hacerla perdurable y por consiguiente, ideamos un anexo a nuestra existencia corporal que podamos preservar y asignarle inmortalidad.
Cuando nuestra capacidad de pensar, está atrapada totalmente: (fanatismo) o parcialmente: (adicción), influida o conducida por otro u otros, dejamos de ser libres, y con la pérdida de la libertad dejamos de estar solos.
Este es el precio. Otros nos protegen de nuestros miedos, pero la mayor parte de las veces con otros miedos, con los que ellos nos pueden dominar.
NO NOS CONOCEMOS
La mayor parte de muestro esfuerzo mental lo destinamos a las cosas más superficiales y banales. Cuando tenemos que enfrentar alguna situación que afecta a nuestro entorno o a nosotros mismos, en muchos casos, lo hacemos erróneamente.
Sí, cometemos errores, pero no lo hacemos de cualquier forma sino que por falta de conocimiento, convertimos en la mejor solución aquello que más nos conviene, y lo sorprendente es que a veces somos tan extraordinariamente humanos que ni aún así acertamos.
A nivel individual esta actitud no es muy perjudicial, aunque ante terceros no es siempre intranscendente. Si es preocupante la facilidad con que la humanidad en su conjunto, como si se tratara de una entidad única, comete errores.
Puede que sea un unificado reflejo de sus individuos, también puede ser la consecuencia de la residual presencia ancestral de nuestros aspectos más primarios o quizás puede que sea un conglomerado de situaciones más o menos abstractas, o una mezcla de todo ello.
Sin embargo yo destacaría, sin desechar los motivos anteriormente expuestos y otros que no vislumbro, el desajuste que hay entre el impetuoso, y no sé si mal llamado progreso (en cualquier caso movilidad: conservacionismo y/o progreso), y la controvertida asimilación de este por parte de la humanidad.
Todavía hoy podemos introducirnos en recónditos lugares de nuestro planeta, y encontrarnos con tribus de individuos primitivos a los que aun no ha llegado el progreso. Los llamamos salvajes, pero sin ánimo de elevar su común condición humana con el resto de los fugaces mortales, creo que están en conexión con su entorno natural. Llevan viviendo muchos miles de años, en él, de él y para él, en fin, en conexión con él, sin grandes desigualdades entre sus individuos ya que de ser así no sobrevivirían.
Sin embargo, los civilizados hemos alcanzado tales cotas de especializados conocimientos, que no todos logramos adaptarnos y seguir su paso, y esta situación divide a la humanidad, la clasifica y la ordena. No es que sea necesario que todos seamos iguales, todo lo contrario, la diversidad enriquece, pero hay matices en dicha clasificación y ordenación que son perturbadores.
El progreso ha ido creando una determinada organización y acomodación de la humanidad, a la vez que ha forzado al individuo a adaptarse a ella o perecer, aunque solo sea, en los casos menos trágicos, perdiendo su dignidad.
La forzada adaptación no es medioambiental, no es biológica, no es un proceso evolutivo fruto del imprevisible comportamiento de la naturaleza o de nuestro entorno próximo. Se trata más bien de una casi global, forzada y rapidísima adecuación al progreso, que crea bruscas y cambiantes situaciones que destruyen civilizaciones completas e incluso imperios.
El desarrollo de las ideas nos lleva rápidamente (algún que otro siglo), a nivel de nuestro tiempo existencial como especie, hacia determinadas y encorsetadas civilizaciones. Estos estatus sociales, nos permite individualmente percibir nuestro entorno y poner en funcionamiento actitudes mentales de evaluación del mismo.
Con que facilidad observamos y juzgamos a los demás, y cuantos condicionantes, vitales o instintivos, y a veces útilmente artificiosos, mediamos para vernos a nosotros mismos.
La complejidad que articula a la especie humana, y por tanto a sus individuos, con su entorno y entre ellos mismos es tan magna y a la vez tan sutil, que no nos permite, ni de lejos, asumir en nosotros la existencia de otros.
Esta sería la forma de obtener el máximo conocimiento de nuestros semejantes, poniendo nuestra mente en su piel o más acertadamente, poniendo nuestros materiales cuerpos en su vida. No lo conseguiremos, pero si pudiéramos hacerlo nos faltaría lo más difícil, salvar la barrera egocéntrica que nos sume en la justificación de nuestros injustificables.
Somos incapaces de conocernos, está en nuestra naturaleza, por consiguiente somos aún más incapaces de conocer a los demás, y esto no está banalmente reñido con nuestra indolencia para emitir juicios ligeros y triviales sobre otro individuo o como yo estoy haciendo con estas palabras, sobre toda la humanidad.
A fin de cuentas tenemos, o hablando solo de mí; tengo tantos defectos que mi voluntad no permite que me conozca, aunque mi naturaleza cognitiva y racional se empeñe en hacerle la contraria.
EL LIBRE ALBEDRÍO
El proceso evolutivo de lo que llamamos vida, en nuestra pequeña isla del universo, se ha producido a lo largo de millones de años sin un propósito concreto, porque no hay un objetivo sino un continuo devenir.
Este proceso no ha sido aleatorio ni caótico, sino la resultante en cada instante de la imperativa e inevitable consecuencia producida por las interacciones físicas que alcanzan a todo lo existente.
Desde las partículas más elementales hasta las estructuras más complejas están sujetas a una interacción mutua.
Dentro de un universo continuo, la acción de lo más infinitamente pequeño sobre los demás infinitamente pequeños que están en inmediato contacto con él, y estos a su vez con sus limítrofes, incluyendo al originario, es decir, la actuación de todos sobre todos en perfecta armonía cósmica, ocasiona un continuo cambio del universo.
Este entramado de acciones, que obviamente nos incluye a nosotros, afecta a nuestros sentidos y de forma muy íntimamente ligada al fenómeno expuesto, somos transmisores y receptores, a la vez que observadores y conocedores, hasta un cierto nivel de sus efectos.
El universo y nosotros en él, seremos en cada instante espacio-temporal el resultado de nuestro estado inmediatamente anterior, evolucionando ciertamente en una exacta e inevitable dirección.
Cuando decimos que podemos elegir entre varias opciones, y que elegimos una de ellas porque somos libres de hacerlo, en realidad no lo somos. Al final hemos consumado esa opción porque no podíamos, o más bien, no existía la posibilidad, de hacer otra cosa.
No podemos saber lo que habríamos hecho si no hubiéramos hecho lo que hemos hecho. Pido perdón pero de hecho solo una cosa se ha hecho y es irremediable.
Este proceso no ha sido aleatorio ni caótico, sino la resultante en cada instante de la imperativa e inevitable consecuencia producida por las interacciones físicas que alcanzan a todo lo existente.
Desde las partículas más elementales hasta las estructuras más complejas están sujetas a una interacción mutua.
Dentro de un universo continuo, la acción de lo más infinitamente pequeño sobre los demás infinitamente pequeños que están en inmediato contacto con él, y estos a su vez con sus limítrofes, incluyendo al originario, es decir, la actuación de todos sobre todos en perfecta armonía cósmica, ocasiona un continuo cambio del universo.
Este entramado de acciones, que obviamente nos incluye a nosotros, afecta a nuestros sentidos y de forma muy íntimamente ligada al fenómeno expuesto, somos transmisores y receptores, a la vez que observadores y conocedores, hasta un cierto nivel de sus efectos.
El universo y nosotros en él, seremos en cada instante espacio-temporal el resultado de nuestro estado inmediatamente anterior, evolucionando ciertamente en una exacta e inevitable dirección.
Cuando decimos que podemos elegir entre varias opciones, y que elegimos una de ellas porque somos libres de hacerlo, en realidad no lo somos. Al final hemos consumado esa opción porque no podíamos, o más bien, no existía la posibilidad, de hacer otra cosa.
No podemos saber lo que habríamos hecho si no hubiéramos hecho lo que hemos hecho. Pido perdón pero de hecho solo una cosa se ha hecho y es irremediable.
¿Que sería del universo, si su devenir dependiera de nuestra voluntad?, El está a salvo de nosotras cuestinables pero involuntarias capacidades.
Lo único que ocurre es que no tenemos los suficientes conocimientos, ni tampoco los medios necesarios para calcular con absoluta precisión las conductas elementales, y por ende extensivas de todas y cada una de las infinitas diferenciales del universo.
Podemos, por ejemplo, calcular el momento en que va a comenzar la primavera, determinamos el día, la hora y el minuto, pero no podemos anunciar el momento exacto porque no alcanzamos a evaluar con absoluta precisión la influencia de todos los efectos implicados.
El viento solar, la radiación cósmica, la interacción exacta luna tierra, las mareas, el centro exacto de gravedad de la tierra y así una amplísima lista, se escapan a nuestro control. Esto es debido a que nuestro nivel de conocimiento y cálculo es limitado.
Podemos afinar la previsión de un acontecimiento en la medida en que podemos controlar sus interacciones y las injerencias externas, por lo tanto actuamos en controladísimos laboratorios para comprobar la concordancia entre la formulación matemática de una ley física y la percepción del fenómeno al que está ligada.
Por fin quizás solo queda preguntarnos: ¿es el libre albedrío la conclusión mental, de la incapacidad que podemos tener para alcanzar el conocimiento total?, ¿si el conocimiento no precisara de la consciencia, este podría estar totalmente compendiado en el universo?
Tal vez, nuestro ínfimo saber nos conduce a la imposibilidad de apreciar que solo el universo puede contener el conocimiento total.
Lo único que ocurre es que no tenemos los suficientes conocimientos, ni tampoco los medios necesarios para calcular con absoluta precisión las conductas elementales, y por ende extensivas de todas y cada una de las infinitas diferenciales del universo.
Podemos, por ejemplo, calcular el momento en que va a comenzar la primavera, determinamos el día, la hora y el minuto, pero no podemos anunciar el momento exacto porque no alcanzamos a evaluar con absoluta precisión la influencia de todos los efectos implicados.
El viento solar, la radiación cósmica, la interacción exacta luna tierra, las mareas, el centro exacto de gravedad de la tierra y así una amplísima lista, se escapan a nuestro control. Esto es debido a que nuestro nivel de conocimiento y cálculo es limitado.
Podemos afinar la previsión de un acontecimiento en la medida en que podemos controlar sus interacciones y las injerencias externas, por lo tanto actuamos en controladísimos laboratorios para comprobar la concordancia entre la formulación matemática de una ley física y la percepción del fenómeno al que está ligada.
Por fin quizás solo queda preguntarnos: ¿es el libre albedrío la conclusión mental, de la incapacidad que podemos tener para alcanzar el conocimiento total?, ¿si el conocimiento no precisara de la consciencia, este podría estar totalmente compendiado en el universo?
Tal vez, nuestro ínfimo saber nos conduce a la imposibilidad de apreciar que solo el universo puede contener el conocimiento total.
LA EVOLUCIÓN Y
NUESTRO EGO
La evolución nos ha dotado de un operativo conjunto de elementos que nos caracteriza. Uno de ellos es nuestro sistema cognitivo que, entre otras cosas, nos permite determinar que somos sobre la faz de la Tierra, la especie sapiente con más capacidad pensativa.
Pensar y poder deducir, nos ha llevado a nuestro somero conocimiento actual sobre nosotros y las cosas que nos rodean. El presente estadio de nuestro proceso evolutivo parece habernos distanciado del universo, en el que al parecer estamos inmersos o más propiamente dicho contenidos.
Nos encontramos en una etapa de nuestra existencia, en la que podemos percibir con cierta claridad, que partiendo de la más ancestral, infortunada y oscura de ella, vamos comprendiendo y procurando razonada exposición a la percepción sensorial de las manifestaciones de la naturaleza.
Limitándonos al conocimiento actual de la evolución de nuestro planeta a través de las ciencias actuales, podemos apreciar cómo se han ido dando explicaciones coherentes a hechos que parecían misteriosos, y que algunos individuos explicaban en términos esotéricos, alegando que habían sido elegidos para ser los guías de su velado saber y demandantes de su inexcusable cumplimiento.
De esta forma, ejercían una clase de poder sobre el resto de sus semejantes, que les permitía controlar y supeditar su voluntad, amenazando con la caída de algún sobrenatural e incorpóreo mal a los que les obedecían, o castigando con otros de carácter más terrenal, ya que los celestiales no sobrevenían por su voluntad, a los que osaban desviarse del camino marcado.
A veces son sutiles los procedimientos evolutivos de los que se vale la naturaleza para seleccionar a los más dotados.
Solo algunos de los librepensadores, que han intentado sacar a la humanidad de su disparatado pasado, han podido sobrevivir a su irracional persecución y exterminio.
Estos han sido relativamente muy pocos, pero suficientes para comenzar a invertir el estático estado en el que pretendían mantener a la humanidad, aquellos que utilizaban poderes ocultos.
Para que todas las complejas creencias, que mantienen un determinado estatus sigan siendo válidas, es imprescindible que el progreso de la humanidad se detenga, solo así se podrán mantener incuestionables los planteamientos doctrinales, de aquellos iluminados que administran sus verdades.
En el momento actual de la humanidad, se advierten diversos niveles culturales, que procuran diferentes estatus sociales y civiles, a los individuos que los componen, formando una especie de mundial teatro viviente, en el que cada grupo representa los periodos del pasado de los que están más avanzados, y estos a su vez el futuro de los que están más atrasados.
No parece que la espiritualidad de cada individuo, sea un condicionante del nivel cultural de la sociedad en el que se encuentra, pero sí se puede establecer una correlación estadística, entre el nivel cultural medio de un grupo de población, y el poder de control sobre sus conciencias que los iluminados pueden ejercer.
Mediante este poder se influye directamente sobre su libertad y sus estatus sociales y civiles, imponiendo de la forma más poderosa conocida, los parámetros de conducta que los fanatiza, y que en ocasiones pueden convenir a otros poderes fácticos.
Los individuos dependemos en lo más profundo de nuestra existencia, de la innata condición humana con la que la naturaleza nos ha dotado, llegando algunos a preguntarse, por ejemplo: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, como si fuéramos exclusivos viandantes de un privativo, particularísimo y excelso camino.
Estas dudas existenciales, racionalmente acordes con nuestra entidad como individuos, no parecen tener contestación alguna, y solamente aproximándonos a nuestra naturaleza cósmica, tal vez, podamos entrever una posible explicación.
Quizás la pregunta sea impropia en su enunciado, y no vengamos ni vayamos, sino que simplemente ‘estemos’.
Nos manifestamos sobre nosotros mismos, cuando nos dirigimos a nuestro entorno, como ‘quienes’, y sobre todo lo demás como ‘que’.
Este semántico distanciamiento, entre el individuo y su posible existencia cósmica, factiblemente emanado de la creencia de nuestra exclusiva capacidad cognitiva, nos conduce a otra pregunta que nos hacemos sobre nuestra propia naturaleza: ¿’quiénes’ somos?
Como si nosotros y el resto del universo fueran dos entidades en todos sus órdenes, totalmente distintas y excluyentes.
No parece que podamos indicar con acierto, si lo que nos mueve a esta inquietante pregunta y la forma en que nos la hacemos, es debido a una involuntaria autoexclúyete tendencia, o a una vital necesidad.
En cualquier caso, también podría tratarse de una pregunta parciamente impropia, que podríamos articular en términos ligeramente diferentes, tales como: ¿’qué’ somos?
Este podría ser el interrogante de una duda más próxima a nuestra naturaleza.
Pagamos un precio por la no contestación de nuestras dudas existenciales, pero tal vez el verdadero problema no esté en no encontrar respuestas, sino en una viciada enunciación de las preguntas, fruto de la creencia de un innato o infundido supere status como especie humana.
En ellas prevalece la omnipresente predicación por algunos, a lo largo de la historia, de nuestra exclusiva preeminencia como especie ‘elegida’, falseando nuestra ubicación cósmica.
Si nos preguntáramos ¿qué somos?, y no ¿quiénes somos?, y si además pudiéramos acercarnos un poco más a tomar conciencia, de que ‘no somos’ sino que ‘estamos’, podríamos hacer un reajuste importante de nuestro ego, que nos permita conocernos con más profundidad.
Es posible, que si estamos en el universo, seamos solamente y nada menos que eso, universo.
Pensar y poder deducir, nos ha llevado a nuestro somero conocimiento actual sobre nosotros y las cosas que nos rodean. El presente estadio de nuestro proceso evolutivo parece habernos distanciado del universo, en el que al parecer estamos inmersos o más propiamente dicho contenidos.
Nos encontramos en una etapa de nuestra existencia, en la que podemos percibir con cierta claridad, que partiendo de la más ancestral, infortunada y oscura de ella, vamos comprendiendo y procurando razonada exposición a la percepción sensorial de las manifestaciones de la naturaleza.
Limitándonos al conocimiento actual de la evolución de nuestro planeta a través de las ciencias actuales, podemos apreciar cómo se han ido dando explicaciones coherentes a hechos que parecían misteriosos, y que algunos individuos explicaban en términos esotéricos, alegando que habían sido elegidos para ser los guías de su velado saber y demandantes de su inexcusable cumplimiento.
De esta forma, ejercían una clase de poder sobre el resto de sus semejantes, que les permitía controlar y supeditar su voluntad, amenazando con la caída de algún sobrenatural e incorpóreo mal a los que les obedecían, o castigando con otros de carácter más terrenal, ya que los celestiales no sobrevenían por su voluntad, a los que osaban desviarse del camino marcado.
A veces son sutiles los procedimientos evolutivos de los que se vale la naturaleza para seleccionar a los más dotados.
Solo algunos de los librepensadores, que han intentado sacar a la humanidad de su disparatado pasado, han podido sobrevivir a su irracional persecución y exterminio.
Estos han sido relativamente muy pocos, pero suficientes para comenzar a invertir el estático estado en el que pretendían mantener a la humanidad, aquellos que utilizaban poderes ocultos.
Para que todas las complejas creencias, que mantienen un determinado estatus sigan siendo válidas, es imprescindible que el progreso de la humanidad se detenga, solo así se podrán mantener incuestionables los planteamientos doctrinales, de aquellos iluminados que administran sus verdades.
En el momento actual de la humanidad, se advierten diversos niveles culturales, que procuran diferentes estatus sociales y civiles, a los individuos que los componen, formando una especie de mundial teatro viviente, en el que cada grupo representa los periodos del pasado de los que están más avanzados, y estos a su vez el futuro de los que están más atrasados.
No parece que la espiritualidad de cada individuo, sea un condicionante del nivel cultural de la sociedad en el que se encuentra, pero sí se puede establecer una correlación estadística, entre el nivel cultural medio de un grupo de población, y el poder de control sobre sus conciencias que los iluminados pueden ejercer.
Mediante este poder se influye directamente sobre su libertad y sus estatus sociales y civiles, imponiendo de la forma más poderosa conocida, los parámetros de conducta que los fanatiza, y que en ocasiones pueden convenir a otros poderes fácticos.
Los individuos dependemos en lo más profundo de nuestra existencia, de la innata condición humana con la que la naturaleza nos ha dotado, llegando algunos a preguntarse, por ejemplo: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, como si fuéramos exclusivos viandantes de un privativo, particularísimo y excelso camino.
Estas dudas existenciales, racionalmente acordes con nuestra entidad como individuos, no parecen tener contestación alguna, y solamente aproximándonos a nuestra naturaleza cósmica, tal vez, podamos entrever una posible explicación.
Quizás la pregunta sea impropia en su enunciado, y no vengamos ni vayamos, sino que simplemente ‘estemos’.
Nos manifestamos sobre nosotros mismos, cuando nos dirigimos a nuestro entorno, como ‘quienes’, y sobre todo lo demás como ‘que’.
Este semántico distanciamiento, entre el individuo y su posible existencia cósmica, factiblemente emanado de la creencia de nuestra exclusiva capacidad cognitiva, nos conduce a otra pregunta que nos hacemos sobre nuestra propia naturaleza: ¿’quiénes’ somos?
Como si nosotros y el resto del universo fueran dos entidades en todos sus órdenes, totalmente distintas y excluyentes.
No parece que podamos indicar con acierto, si lo que nos mueve a esta inquietante pregunta y la forma en que nos la hacemos, es debido a una involuntaria autoexclúyete tendencia, o a una vital necesidad.
En cualquier caso, también podría tratarse de una pregunta parciamente impropia, que podríamos articular en términos ligeramente diferentes, tales como: ¿’qué’ somos?
Este podría ser el interrogante de una duda más próxima a nuestra naturaleza.
Pagamos un precio por la no contestación de nuestras dudas existenciales, pero tal vez el verdadero problema no esté en no encontrar respuestas, sino en una viciada enunciación de las preguntas, fruto de la creencia de un innato o infundido supere status como especie humana.
En ellas prevalece la omnipresente predicación por algunos, a lo largo de la historia, de nuestra exclusiva preeminencia como especie ‘elegida’, falseando nuestra ubicación cósmica.
Si nos preguntáramos ¿qué somos?, y no ¿quiénes somos?, y si además pudiéramos acercarnos un poco más a tomar conciencia, de que ‘no somos’ sino que ‘estamos’, podríamos hacer un reajuste importante de nuestro ego, que nos permita conocernos con más profundidad.
Es posible, que si estamos en el universo, seamos solamente y nada menos que eso, universo.
OTRAS PERPETUACIONES
El individuo se encuentra permanentemente en un dilema existencial, su instinto de conservación, y su conciencia de la segura destrucción de su estructura corporal, están en permanente conflicto, por lo que algunos trasladan a una entidad esotérica (el alma), asociada a su efímero estado universal, una serie de atributos que le personalizan y le hacen único.
A partir de aquí solo se trata de poner a esta a buen recaudo y atribuirle, entre otras cualidades, la existencia eterna.
Ciertamente tenemos el tiempo contado como individuos, pero los mecanismos de la naturaleza son inconscientemente sutiles.
Estos han dotado al individuo de la capacidad de reproducirse, y este puede aportar en un minúsculo receptáculo, la información básica sobre su más íntima y completa existencia individual.
Cada uno de nosotros, está contenido en una extraordinaria síntesis orgánica, y se perpetúa pasando a vivir en su descendencia, vivimos en nuestros hijos, y con ellos en los suyos.
En estos términos, podemos considerar a la humanidad, como la cadena de la inmortalidad en la que permanecemos durante un indeterminado periodo de tiempo.
Tal vez sería mejor, que durante el brevísimo parpadeo vital del individuo, tratáramos de permanecer en armonioso e íntimo contacto con la naturaleza, por ser esta la que con mayor proximidad nos rodea y nos vincula a nuestra verdadera existencia.
Podemos intentarlo, y si es posible, esperar en paciente contemplación a que nuestro Sol explote, formando una bellísima Nova que nos inunde con su impetuosa radiación de alta energía, y sumergidos en ella seamos proyectados, hacia los confines del universo.
Mantengamos la esperanza, de que algunos de nuestros más elementales componentes, lleguen a combinar con algunos de los de nuestros más amados congéneres, y de esta forma podamos permanecer unidos en física armonía, durante un larguísimo periodo de tiempo cosmológico, porque que es la vida, sino el inmortal viaje universal de la muerte.
A partir de aquí solo se trata de poner a esta a buen recaudo y atribuirle, entre otras cualidades, la existencia eterna.
Ciertamente tenemos el tiempo contado como individuos, pero los mecanismos de la naturaleza son inconscientemente sutiles.
Estos han dotado al individuo de la capacidad de reproducirse, y este puede aportar en un minúsculo receptáculo, la información básica sobre su más íntima y completa existencia individual.
Cada uno de nosotros, está contenido en una extraordinaria síntesis orgánica, y se perpetúa pasando a vivir en su descendencia, vivimos en nuestros hijos, y con ellos en los suyos.
En estos términos, podemos considerar a la humanidad, como la cadena de la inmortalidad en la que permanecemos durante un indeterminado periodo de tiempo.
Tal vez sería mejor, que durante el brevísimo parpadeo vital del individuo, tratáramos de permanecer en armonioso e íntimo contacto con la naturaleza, por ser esta la que con mayor proximidad nos rodea y nos vincula a nuestra verdadera existencia.
Podemos intentarlo, y si es posible, esperar en paciente contemplación a que nuestro Sol explote, formando una bellísima Nova que nos inunde con su impetuosa radiación de alta energía, y sumergidos en ella seamos proyectados, hacia los confines del universo.
Mantengamos la esperanza, de que algunos de nuestros más elementales componentes, lleguen a combinar con algunos de los de nuestros más amados congéneres, y de esta forma podamos permanecer unidos en física armonía, durante un larguísimo periodo de tiempo cosmológico, porque que es la vida, sino el inmortal viaje universal de la muerte.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)